Super Nintendo, un sueño cumplido


Para muchos de nosotros, los videojuegos son algo más que un simple entretenimiento. Acompañándonos a lo largo de nuestra vida, han sido testigos de nuestra infancia, adolescencia y en mi caso, también de la presente madurez.
Muchas son las experiencias vividas y compartidas, al igual que muchos son los buenos recuerdos en los que los videojuegos hacen acto de presencia. En esta ocasión, quiero compartir uno de los momentos claves en mi relación con este hobby, una historia de amor sin odio: La llegada de la Super Nintendo a mi vida…
Todos tenemos una plataforma favorita y no es ningún secreto que la Super Nintendo ocupa ese lugar de honor en mi colección. La Super Nintendo fue una consola de videojuegos bien diseñada y lo más importante, bien surtida de buenos videojuegos, siendo muchas las grandes sagas que nacieron o pasaron por sus circuitos.
Está claro que la Super Nintendo por si sola puede hacer frente, gracias a su catalogo y prestaciones, a cualquier “seguero añejo” que ose criticarla, sus prestaciones y especificaciones son de sobra conocidas. Por eso mismo, en este artículo mi intención es la de compartir con todos vosotros un aspecto mucho más “personal” de dicha consola, el inicio de un idilio que duró mucho años y que seguramente, la mayoría de vosotros habrá vivido de una forma similar con esta u otra consola de videojuegos…
El año 1992 es recordado por la sociedad en general por muchos y diferentes motivos: Las Olimpiadas de Barcelona y la Expo de Sevilla (dos grandes acontecimientos), la firma del Tratado de Maastritch dando forma a la Unión Europea, el fallido golpe de estado de Hugo Chávez y un sin fin de sucesos conformaron uno de los años más intensos de finales del siglo XX. Pero para muchos de nosotros, 1992 es el año en que el “Cerebro de la Bestia” llegó a nuestras vidas…

En aquella época, un servidor no era más que un chaval de 11 añitos preocupado por aprobar los cursos de la E.G.B., llevarse bien con los amigos y que pasase el tiempo rápido para que llegasen los fines de semana o las vacaciones, fuesen las que fuesen. Las preocupaciones normales de un chico normal… pero con un hobby que cada vez se hacía más y más popular: Los videojuegos.
Para mí siempre habían estado ahí, mis primeros recuerdos ya estaban ligados a ellos y mi afición por los mismos no hacía más que crecer día tras día. A diferencia de ahora, por esos años mi hobby preferido dependía completamente de la benevolencia de mis padres, tanto en tiempo de disfrute como en plataformas o juegos. Ellos eran quien me suministraban y dosificaban…
En consecuencia y a pesar de mis cansinos y repetidos ruegos por obtener otras plataformas como la veterana NES, en mi humilde morada y dejando las Game & Watch a un lado, dos eran los sistemas actuales en esa época de los que disfrutaba como un niño que era: Un Spectrum 128K y una flamante Game Boy.

Aun siendo consciente de la existencia de sistemas mucho más potentes tanto en ordenadores como en consolas, la verdad es que el Spectrum y mi querida Game Boy cubrían perfectamente todas mis necesidades, convirtiéndome ya en aquella época en un defensor a ultranza de sus bondades. Mi Spectrum no tenía los gráficos de un Amiga o tan siquiera de una NES, pero podía programar mis propios juegos en Basic y los juegos me costaban 395 Pts. Respecto a la Game Boy… de poco servían los gritos segueros en los recreos tipo “¡Mi Game Gear es a todo color!”, ¿acaso les cabía en el bolsillo?, ¿cuántas pilas gastaban a la semana? Ahí sí que no había “color”, mi Game Boy era lo más y con ella surgió mi amor por Nintendo.
De está forma, decenas y decenas de juegos en cinta se turnaban en el hogar y unos pocos cartuchos eran suficientes para disfrutar de patios y salidas de fin de semana. La pequeña Game Boy había creado un escudo frente a las consolas de Sega como la todopoderosa Megadrive y afortunadamente, era lo suficiente maduro para saber que en caso de que mis padres aceptasen comprarme una NES, al precio que estaban los cartuchos iba a tener dos al año y con suerte… Nada que ver con mi súper ritmo de adquisiciones spectrumeras a 395 Pts. Todo iba bien en el particular mundo de “mini-Deivid” hasta que la vi…

Me enteré como todo el mundo, prácticamente no había otra forma en esa época, hacía tiempo que llegaban rumores, pero aquello era un verdadero notición que se propagaba a un ritmo acelerado por todos los patios de media España. La Super Nintendo llegaba a nuestras fronteras, lo decía la Hobby Consolas así que tenía que ser cierto, todavía faltaban meses, pero el “Cerebro de la Bestia”, la 16 Bits de Nintendo por fin iba a llegar a tierras españolas. Y yo la quería por encima de todo.
Así fue como mes a mes, portada tras portada, reportaje tras reportaje y captura tras captura, mi pobre Spectrum se iba haciendo apresuradamente más y más viejo, mientras que mi querida Game Boy iba cambiando su rol de consola “para todo” a consola portátil no ideada para uso doméstico. La Snes estaba por venir, todo lo que se podía leer o ver de ella era sencillamente alucinante, no nos vendían promesas, nos vendían realidades.
Es verdad que en esos años ya disfrutábamos de una flamante Megadrive por nuestras tierras, pero mi ceguera Nintendera había logrado que sin tan siquiera haber probado la Snes, ya diese por hecho que era muy superior a la 16 bits de Sega. Tenía su lógica, había salido más tarde y por lo tanto lo normal era que fuese superior técnicamente. Un razonamiento sencillo de un chaval de 11 años que afortunadamente no iba mal desencaminado…

La cuenta atrás estaba en marcha, y como miles de niños mi olvidada hucha volvió a tener un nuevo objetivo. Cada moneda o billete que llegaba a mis manos acabaría dentro de mi lata de hojalata. El trato con mis padres era sencillo en esta clase de “caprichos” para ellos y necesidades básicas para mí, yo ahorraba la mitad y ellos ponían el resto con la única condición de sacar buenas notas al final de curso. Desconozco si el Colegio de Psicologos aprueba esta metodología del premio al esfuerzo, pero en mi caso supuso el mejor de los alicientes.
Fueron semanas interminables, meses que no llegaban a su fin en los que mi objetivo era recolectar el máximo de dinero posible de todos mis familiares, buscar alternativas de negocio como la venta de fotocopias de Dragon Ball y estudiar, estudiar y estudiar…
Y llegó el día, pero no era el mío. La Super Nintendo se lanzó en España y desconozco si hubo colas en las tiendas o cuantas miles de unidades se vendieron la primera semana, no existía Internet y las revistas eran quincenales o mensuales, pero el “Cerebro de la Bestia” ya había llegado. Estar en el Pryca y tener una caja de la Super Nintendo en tus manos, sabiendo que se va a quedar en el estante de donde la has cogido, es una experiencia totalmente desesperanzadora… Su peso, su forma, sus capturas de pantalla del Zelda en la parte de atrás… Todo era perfecto menos la realidad, todavía faltaban meses para los exámenes de Junio y lo de “la compramos ahora y ya veréis como estudio” no colaba con mis padres.

El tiempo pasó y como todo en esta vida, mi día también llegó. Una mañana soleada de Junio me subí al coche de mi padre y como cada año a final de curso, los nervios empezaron a recorrer mi piel. ¿Habría aprobado?, ¿me quedaría alguna asignatura?, ¿tendría que estudiar en verano?, ¿debería esperar hasta Septiembre para tener la Snes entre mis manos? Afortunadamente, aprobé…
No recuerdo donde la compramos, no me acuerdo de mi cara, de mis gestos, de mis palabras al primer contacto tras haberla adquirido. Mi cerebro ha borrado esos recuerdos de espera interminable desde la tienda o comercio hasta mi casa, pero me acuerdo perfectamente de los momentos inmediatamente anteriores a su disfrute:
Estaba con mi padre en el portal de mi antigua casa, un séptimo “G”. Tenía la consola entre mis manos y no paraba de leerle a mi padre las prestaciones de la consola: Sonido calidad CD, gráficos súper 16 Bits… Él se limitaba a hacerse el asombrado y seguirme la corriente. ¿Era un niño feliz? Sí, materialista y feliz. En escasos minutos la consola de mis sueños estaría conectada en el televisor del comedor, me lo había ganado y tenía todo un verano para disfrutarla. Subí las escaleras del recibidor sin dejar de mirar mi pequeño tesoro y la subida en ascensor se hizo más larga que de costumbre, cuando mi madre abrió la puerta y me vio con la caja ya sabía que notas había sacado.

Abrir la caja con sumo cuidado, oler su interior, leer todos los manuales, coger su mando, admirarla, contemplarla… Era lo mínimo que podía hacer frente a esa obra maestra que había llegado a mi hogar, después de una larga espera los 16 bits pisaban mi casa y como os podéis imaginar, mi particular salto generacional de un Spectrum 128K a una flamante Snes era algo más que espectacular. La Super Nintendo se merecía todo mi respeto.
Después del ritual de apertura y tras haberla montado y sintonizado, mis padres, mi hermano pequeño y yo estábamos preparados para ver si realmente la Snes era tal y como la pintaban. El juego que incluía la consola era y es, uno de los mejores videojuegos de todos los tiempos, el insuperable Super Mario World. Pero yo todavía no lo sabía…

Impresionante colorido, máxima definición, tremenda fluidez de movimientos, sonido de lujo, tecnología punta, ergonomía, inmediatez, sencillez, libertad, complejidad, avance, salto técnico, asombro, perplejidad, insuperable, perfección… Todo esto es lo que experimenté y sentí cuando mis manos tomaron el control de un combo perfecto, la Super Nintendo y el Super Mario World. Jamás he vuelto a tener era sensación.
La Super Nintendo fue la consola que consolidó para siempre mi afición por los videojuegos. Año tras año, juego tras juego, fue mi fiel compañera de viaje sin darme ningún problema, sin averías, sin rechistar, solo alegrías. La Súper Nintendo ha sido la consola de mi vida y realmente me siento afortunado por ello, esta historia podría haber sido igual con cualquier otra, lo sé, pero tuve la gran suerte de coincidir con ella en tiempo y lugar.
Adquirir mi primera consola de sobremesa fue un sueño cumplido del que todavía disfruto de vez en cuando, la sigo teniendo, la sigo queriendo y me sigo divirtiendo con ella. Estoy seguro que muchos de vosotros habéis vivido una experiencia parecida con esta u otra consola y me encantaría que al igual que he hecho yo, compartieseis vuestros recuerdos con todos nosotros a través de los comentarios. Por mi parte y como comprenderéis, solo me queda despedirme e ir a encender de nuevo mi vieja Super Nintendo, a diferencia de otras, ella sigue ahí como siempre, perfecta e insuperable.
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