El Juego de la Niña

Los que hemos sido niños en los 80 y adolescentes en los inicios de los 90, tenemos la gran fortuna de haber vivido prácticamente la evolución de los videojuegos hasta lo que hoy es una de la mayores industrias de ocio a nivel mundial. Quizá por ello, de alguna forma, mantenemos recuerdos imborrable en nuestra memoria a modo de juego único.
A finales de los 80, los grandes videojuegos estaban en los bares y en los salones recreativos. Para el pequeño empresario que regentaba un bar, instalar una “maquinita” para que jugasen los chavales era imprescindible para poder fidelizar a un potencial cliente. En mi caso, si jugaba en algún bar era por alguna circunstancia muy puntual.
Dónde solía pasar los fines de semana y parte del verano con mi familia, había algo así como un club social con instalaciones deportivas, piscina y demás. Obviamente existía una zona de bar, y allí instalaron dos recreativas.
Una de ellas, era el clásico Pac-Man. Sobada por todos, valía para un rato, pero no lo suficiente como para gastarte el dinero de los helados en ella. La segunda máquina era un sucedáneo de Space Invaders. Poco que explicar, y menos que jugar.
Un buen día, vimos al técnico que reparaba las máquinas, (sí aquel señor que tenía el poder mágico de poner partidas gratis) explicándole al encargado del bar que iba a cambiar la placa de Space Invaders, porque se había estropeado y mejor poner un juego nuevo que venía directamente desde Japón (cómo si viniesen de otro sitio en aquella época!).
Esto creó expectación entre los chavales que esperábamos ansiosos el momento de ver la novedad. El instalador acabó su trabajo, y muy gentilmente, nos dejó unos créditos para que jugásemos. El primero en jugar fue (como no) un chaval del grupo de los mayores, así que todos los “enanos” tuvimos que esperar turno.
El juego era totalmente diferente a lo que habíamos visto hasta el momento. Se trataba de una especie de plataformas dónde se avanzaba de forma horizontal. Disponíamos de cinco personajes (algunos había que desbloquearlos), cada uno con sus propias habilidades, y como arma común, un martillo. La habilidad inherente en todos los personajes era la de flotar en el aire, habilidad que había sido heredada del juego Bomb Jack. Para avanzar, era necesario combinar a los diferentes personajes de forma correcta.
Los personajes eran un niño, una niña, un gordo, un larguirucho y un viejo. El niño era equilibrado en todo. La niña flotaba más en el aire por su falda. El gordo era lento, pero tenía fuerza para tirar paredes y seguir avanzando. El larguirucho saltaba más que nadie. Y el viejo era el más fuerte y su capacidad de flote también era elevada.
El juego ponía a prueba tu capacidad de decisión a la hora de escoger personaje, porque siempre había un único personaje para cada ocasión.
El objetivo del juego era llegar al final de cada escenario antes de que se agotase el tiempo. Allí, nos esperaba un big boss, en forma de demonio sentado en un trono, al que debíamos derrotar.
Me enganché de mala manera a esa recreativa, invirtiendo pagas, helados y meriendas. ¡Hasta llegué a gastarme 1.000 pesetillas que había dado mi abuela para que me comprase un juguete! El caso es que cada vez que empezabas una partida, sólo disponías del niño para avanzar, pero al poco desbloqueabas a la niña. Y ahí mi partida cambiaba. Porque con el personaje de la niña avanzaba mucho más y conseguía acabar con el primer Big Boss sin tener que gastar más monedas de 25 pts.
Si bien es cierto que vi a alguno acabarse el juego, yo fui incapaz. Quizás porque todavía era muy joven (11 años creo que tenía entonces) o porque me empecinaba en utilizar el mayor tiempo posible al personaje de la niña. Fuera como fuese, ese juego siempre ha sido para mí, “El Juego de la Niña”.

Nota: Para los curiosos, el juego se llama Psychic 5 (Jaleco – 1987) y está disponible en emuladores varios.
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