Un día de furia, by David V.

📅 21/05/2025 📂 tiendaretro

Un día de furia, by David V.

Queridos niños y niñas, hoy el tito David va a compartir con todos vosotros una oscura historia sacada del baúl de los recuerdos. Una triste anécdota con un desenlace fatal, que mucho me temo no soy el único que ha sufrido a lo largo de su vida como jugador.

Remontémonos a la época de la dualidad en los desayunos, los años de las galletas María o las magdalenas. Volvamos al fatídico día que un servidor, se cargó su amado Spectrum.

Tanto en el ámbito de los videojuegos como para los que ya tenemos una edad, los 90’ fueron unos años maravillosos de principio a fin. Sin saber lo que era la prima de riesgo, sin ser conscientes de las tensiones sociopolíticas entre diferentes naciones del mundo y sin tener una hipoteca a cuestas, la década de los 90’ fueron pasando año tras año, disfrutando cada nueva experiencia que nos brindaba el hecho de convertirnos en adultos.

En este caso, nos situamos a principios de los 90’, años que para mí supusieron una enorme transición en lo que a videojuegos se refiere. De un carismático Spectrum 128 +2A y una Game Boy, dí el salto a la que en mi humilde y nada imparcial opinión, ha sido la mejor consola de todos los tiempos: la Super Nintendo, el cerebro de la bestia.

La Snes fue un antes y un después, de “soñar” pasé a vivir experiencias anteriormente sólo al alcance de las maquinas arcade (en mí caso). Sus gráficos, sonido e increíble catalogo consiguieron que sin darme cuenta, mi querido Spectrum fuese convirtiéndose en poco más que un objeto decorativo encima de mi mesa de estudio. Algo nada loable, pero muy comprensible para un chaval que rondaba los 14 años.

Cada muchos meses, una nueva joya llegaba a mi hogar en forma de cartucho para ser exprimida al máximo y rejugada hasta la saciedad. Juegos de todos los géneros pasaban por mi humilde 14 pulgadas de 15 canales (antena incluida, of course), hasta que llegó Él. Lo había jugado en mil y una ocasiones, lo conocía perfectamente, el Spectrum me había hecho disfrutar carga tras carga de su primera parte y llevaba mucho tiempo esperándolo. Las revistas se habían hecho eco muchos meses antes pero aun así, para mí era un autentico sueño y porque no decirlo, toda una lección de la supremacía de Nintendo y su 16 Bits frente a su archirival Sega, un autentico subidón. Una vez más, Nintendo logró hacerme vivir uno de mis sueño más húmedos, esta vez de la mano de Capcom: El Street Fighter II llego a mi hogar.

Para los que vivieron esa mágica experiencia, no hace falta que diga nada. Para los que, por edad o por haber escogido la consola equivocada 😉 , insertar por primera vez el cartucho exclusivo y original del mejor videojuego de lucha que se ha hecho nunca, el referente por antonomasia del género, es una sensación que muy pocos juegos han conseguido ofrecerme. Tan pocos, que la verdad es que en estos momentos no podría deciros ninguno.

La cuestión es, que el mejor videojuego de lucha de todos los tiempos había llegado a mi consola y a mis ojos, era exactamente igual que la recreativa o incluso mejor, más botones que en la mayoría de recreativos y encima, gratis (las partidas). Los vicios al Street Fighter II fueron antológicos. Tardes, fines de semana, festivos, vacaciones, con amigos, en solitario, campeonatos… Diversión en estado puro con un único punto en contra, el Street Fighter II era de los pocos juegos que conseguían transformar a un tranquilo chaval como era yo, en un histérico mal perdedor. Así de fácil, así de sincero.

Controlaba el juego, mejor dicho, dominaba el juego… Pero un personaje echaba siempre por tierra lo que de no ser por él, hubiesen sido partidas perfectas: Vega. Vega era mi enemigo, mi rival a batir, sus saltos, sus piruetas, su velocidad y sus esquivas, hacían que mi pobre Ken mordiese el polvo una y otra vez. En partidas normales no pasaba nada, pero señores, quiero recordaros que por esos años, se hizo famoso el mito/truco de poder jugar con los jefes finales, si te pasabas el juego en nivel difícil sin perder ni un sólo round…

En esas circunstancias, con ese objetivo y sin Internet para desmentir a los “bocas” de mis compañeros de clase que juraban y perjuraban que llevar a Sagat era una pasada, llegar sin perder un solo round hasta Vega y caer a la primera, no una vez sino innumerables ocasiones a lo largo de los meses, hacen que uno le coja un poco de rabia… Hasta que un día exploté.

Era una tarde de verano, una vez más había conseguido llegar hasta Vega en una partida perfecta, el primer round fue difícil, Vega siempre me lo ponía difícil… pero logré vencer. La posibilidad estaba ahí, sabía que Bison y Sagat no serían un problema frente a mis habilidades, incomprensiblemente era Vega quien siempre me ponía las cosas más difíciles, pero debía mantener la calma y conseguir vencer el segundo round. La batalla empezó como siempre, un Hadouken nada más empezar y salto para atrás, saltos, defensa, patadas voladoras y puños bajos… nuestras barras de vida bajaban a la par y en mi mente, era plenamente consciente de que Vega en los segundos rounds, siempre era mucho más mortífero que en los primeros. Los segundos pasaban y mi táctica inicialmente agresiva se tornó sumamente conservadora a la espera de encontrar el momento apropiado para dar el golpe final con mi patada al vuelo, no quería jugármela con combos… Dos pequeñas porciones de vida restaban a ambos personajes, menos de diez segundos y un único golpe para el desenlace final, mis ojos secos clavados en la pantalla, ni un parpadeo, ni un movimiento en mi cuerpo…

Y me la metió doblada… ¡Furia, rabia, rencor, odio, incomprensión, impotencia, maldiciones a todo el equipo de Capcom y sus respectivas familias!. Fue la chispa que detonó toda la ira que tenía acumulada en mi interior. Del shock inicial, de la completa quietud e incredulidad, pasé a un inmediato estado de cólera. Mi puño se levantó en alto a la vez que mis labios se abrían dejando entrever mis entrañas y vociferando un interminable “JOOOOOOOOOOOOOOOODEEEEEEER!!!!”. No era consciente, pero en aquellos momentos me daba lo mismo, mi puño bajó con todas sus fuerzas y en un inconsciente acto de cobardía, en vez de estrellarse contra mi pierna se dirigió hacia lo que tenía más próximo, mi querido Spectum +2A situado en la mesa de estudio, aquel mismo ordenador que tantos buenos momentos me había hecho pasar y al que yo había abandonado acumulando polvo por las bondades de las 16 bits, fue la injusta victima de lo que la propia Super Nintendo, su usurpadora, había provocado. Mi puño cerrado golpeó con fuerza su frágil teclado, crujiendo su interior y hundiéndose para dentro. Una pataleta de niño pequeño había destrozado uno de mis bienes más preciados.

Visto el resultado de mis actos, la furia y la rabia contenida se transformaron en pocos segundos en un fuerte sentimiento de arrepentimiento. No me podía creer lo que había sucedido, no podía creer lo que había hecho. Puede parecer exagerado, pero para mí el Spectrum era y es uno de los pocos objetos en la vida a los que por diferentes razones, le llegas a coger un cariño especial. Pasa con tu primera moto, pasa con tu primer coche y a mí me pasó con todos y cada uno de los Spectrum que tuve. Cuando contemplé el teclado del Spectrum hundido y corvado, me sentí un ser profundamente misero.

Este fue mi día de furia con los videojuegos, ha habido muchos otros después del descrito en este artículo, pero aprendí del error y en consecuencia a controlarme. Se que no es un caso excepcional, desgraciadamente casos similares suceden cada día y a todas horas, supongo que todos tenemos un día de furia que nos hace rectificar. Afortunadamente, mi querido Spectrum siguió funcionando a la perfección, con su teclado hundido, pero ofreciéndome los mismos mundos de fantasía pixelada de siempre.

Y ahora que ya me he confesado… ¿Cual ha sido vuestro día de furia? ¿Mandos por los aires? ¿Cartuchos hechos pedazos? ¿Paredes con marcas de nudillos? Contad, contad y compartid esos vergonzosos momentos de furia con todos nosotros…

 

 

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