El síndrome del jubilado


Hace unos días nuestro compañero Imsai8080 nos sorprendió con “El síndrome de Peter Pan”, sin ánimo de entrar en comparaciones ya que poco o nada tiene que ver este artículo, hoy vamos a tratar un síndrome que sufren muchos de nuestros personajes de videojuegos favoritos: El síndrome de jubilado.
Todos nosotros hemos sido victimas del síndrome del jubilado, pero se hace particularmente doloroso en algunos géneros en concreto. Su diagnostico es muy sencillo, surge a la luz siempre que por nuestra cabeza pasa un “Ya me he pasado el juego… ¿Y ahora qué?”
Desde los inicios de los videojuegos, la tónica general de los mismos ha sido muy similar a la de cualquier película: Introducción, nudo y desenlace. Se nos presentaba una historia u objetivos, jugábamos al videojuego en cuestión y nos lo pasábamos. Esta era la dinámica a la que estábamos acostumbrados y con la que éramos perfectamente felices, ver el final de un juego ya era motivo más que suficiente de satisfacción personal. Una vez finalizado, se guardaba en su cajita y nos preparábamos para el siguiente.
Así había sido siempre en la mayoría de los videojuegos y todos contentos con lo que teníamos, pero afortunadamente, la cosa fue cambiando a mejor con los años. Cuando finalizábamos un videojuego, teníamos la posibilidad de seguir jugando al mismo con nuevos alicientes: Jugar con otros personajes, completarlo al 100%, buscar nuevos mundos o secretos, etc. etc.
Todo un elenco de nuevas posibilidades y alicientes se sumaron al simple hecho de empezar un videojuego con la única meta de finalizarlo. Para nuestro gozo, la vida de nuestros videojuegos se alargaba y en resumen, un videojuego se mantenía “vivo” por meritos propios después de haber sido finalizado.
Esta mecánica se fue perfeccionando con los años hasta convertirse, en muchos géneros, en la nueva tónica general sumamente perfeccionada si lo comparamos con el pasado. Actualmente y gracias a la evolución de esta tendencia, la mayoría de nuestros videojuegos y en especial aquellos que utilizan el denominado concepto de sandbox, nos ofrecen vastos mundos que seguir recorriendo una vez finalizado el juego. Todo un “regalo envenenado” por parte de los desarrolladores ya que desgraciadamente, suele venir acompañado del ya mencionado “síndrome del jubilado”.
Es verdad que el hecho de alargar la vida de un videojuego, dando continuidad al mismo una vez finalizado, ha supuesto un avance en la historia de los videojuegos, pero con los años los videojuegos nos hacemos más exigentes y las mecánicas y dinámicas que antes nos asombraban, con el tiempo se van convirtiendo en rutinarias sino siguen evolucionando a nuestro par.
Cuando has entablado miles de combates, has matado cientos de personajes, has mejorado tu equipo hasta la perfección y en definitiva, has dedicado decenas o incluso cientos de horas a un videojuego, que te den únicamente la oportunidad de seguir campando a tus anchas una vez finalizado el juego, sencillamente no es suficiente.
Es cuestión de sacrificio y recompensa esperada, ver el desenlace de un juego o que nos dejen “vagabundear” está bien, pero hoy en día la mayoría de nosotros invertimos muchas más horas de las estrictamente necesarias en el transcurso de un videojuego, simplemente queremos más.
Cuántas veces os habéis hecho la pregunta “¿Y ahora qué hago?”. Sois nivel 99, vuestras habilidades están al máximo y vuestro equipo es el más mortífero que se haya visto por esos mundos, pero únicamente podéis ir matando a “bichos” que os duran un espadazo o hacer misiones de recadero, que vosotros mismos habíais descartado anteriormente. O peor aun: sois nivel 34, tenéis un equipo mediano y decenas de magias y habilidades por descubrir, pero ya habéis finalizado el juego, la trama principal está concluida y en consecuencia, sabéis perfectamente que no volveréis a enfrentaros a ningún reto mayor del que ya habéis superado. ¿Qué sentido tiene entonces seguir jugando?

La respuesta normalmente es, ninguno. Sea como sea, los alicientes se han esfumado. En vuestro mejor momento, cuando más domináis el juego, cuando mejor son vuestras condiciones, lo que años atrás era un “¡Anda mira, si puedo seguir jugando!”, se ha convertido en un “¿Y ahora qué hago?”.
Ese es el síndrome del jubilado, vuestro personaje en su momento más álgido con la única labor de dar tumbos por un mundo que poco o nada le puede ofrecer, aguantaréis un rato, os echaréis cuatro risas destrozando lo que antes eran dignos rivales, pero la palabra “reto” se habrá desvanecido por completo.
Es un apostura exigente, lo se. Es una crítica acida a una dinámica por la cual tenemos que dar las gracias, soy consciente. Pero como ya he mencionado, al igual que la tecnología avanza, nuestra capacidad de asombro y conformismo disminuye, ya no basta con dejarnos campar a nuestras anchas por un mundo desértico o sin alicientes, lo que antes era un regalo se ha convertido en una desilusión. Como ya he dicho, nosotros queremos más.
Posiblemente algunos de vosotros estaréis pensando, “¿Y el modo online para qué está?”. No os falta razón, el online alarga la vida de nuestros juegos hasta que nosotros o el resto de jugadores decida, pero como podéis comprobar por su contenido, este artículo va enfocado principalmente al modo offline. Me encanta poder disfrutar junto a otros jugadores vía online, pero también disfruto de la soledad de mi sofá, mi televisor y un mando entre mis manos. Yo contra la maquina, como ha sido siempre…
Por muy bueno que sea el modo online, nunca debe convertirse en una excusa para dejar de desarrollar y evolucionar en modo offline. Por otra parte, por suerte o por desgracia aun quedan muchos videojuegos que carecen del “imprescindible” modo online.
¿Alguna solución? Evidentemente, no podemos pedir a los desarrolladores que una vez acabado el juego nos sigan brindando con nuevas y mejores misiones, de ser así en la práctica no nos habríamos finalizado el juego, sino una misión más. Una posible solución para que nuestro juego ya concluido siga teniendo vida, alicientes y sentido, es la que por ejemplo ya se aplicó hace muchos años en un conocido juego de la PSX: Las Armas.

Dentro de las muchas virtudes del Final Fantasy VII, una de las mejores fue la de alargar su vida hasta casi el infinito. Las Armas estaban ahí, no eran necesarias para finalizar el juego pero el reto que suponían era suficiente para seguir jugando las horas que fuese necesario. Enemigos mucho más poderosos que el propio Sephirot, se transformaban en el aliciente perfecto para mejorar nuestro equipo, magias y nivel. Le daban sentido a seguir jugando, una segunda vida para un videojuego siendo esta una mecánica que los jugadores apreciábamos y valorábamos.
El caso de las Armas es solo un ejemplo, lo importante es el concepto. El simple hecho de incluir diversos enemigos “hipervitaminados”, haría que cobrase sentido el seguir disfrutando de la oportunidad que nos brindan muchos de los juegos en la actualidad. Ya no caminaríamos por paramos desiertos o parajes y ciudades con misiones secundarias que poco o nada nos importan, volver a tener un objetivo, un reto a la altura de nuestro personaje nos haría disfrutar realmente de esa “segunda vida” de los videojuegos a la que ya tan acostumbrados estamos.
Es solo una idea y como veis, ni tan siquiera es mía, hace mucho que ya se aplicó en diversos videojuegos. Precisamente por eso mismo, sorprende que en tan pocos casos podamos disfrutar de ella. El concepto “Arma” es una simple solución para olvidarnos por completo del síndrome del jubilado, como mínimo, hasta que nos volvamos a acostumbrar a ellas…
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