Por qué nos gusta la violencia en los videojuegos


En los innumerables debates sobre violencia y videojuegos, una de las expresiones más recurrentes suele ser “me gustan los videojuegos violentos, pero no por ello soy una persona violenta en la vida real.” Se trata de una frase que resume bastante bien lo que la mayoría de los aficionados sienten no sólo cuando juegan a videojuegos, sino también cuando disfrutan de cualquier otra forma de entretenimiento que incorpore contenidos similares.
La aparente contradicción entre disfrutar de la violencia en los videojuegos y detestar la violencia en la vida real suele dejar perplejos a muchos críticos, que consideran problemáticas dichas afirmaciones. Desde su punto de vista, la fascinación por la violencia en el entretenimiento debería llevar naturalmente a una apreciación de la misma en la vida real. Y sin embargo todo parece indicar que se trata de una contradicción que no supone una gran dificultad para la mayoría de las personas. El crimen en Estados Unidos se encuentra en su punto más bajo desde hace veinte años, coincidiendo con un cada vez mayor contenido violento en el entretenimiento, y particularmente en los videojuegos (incluso hay quienes señalan que estos últimos podrían haber contribuido al descenso del crimen).
Ahora bien, ¿por qué somos capaces de mantener esta actitud aparentemente contradictoria de odiar la violencia en la vida real pero disfrutar de los videojuegos violentos? A continuación les presento la traducción de un fragmento publicado en la revista EDGE (Mayo de 2011, páginas 86-87) que ofrece una respuesta basada en teorías evolutivas.
Entender cómo era la vida para nuestros antepasados es importante para comprender nuestra disposición mental. Para que la especie prospere (…) necesitamos desarrollar hábitos y arraigar en nuestra mente conocimientos que nos ayuden a evitar la muerte, de ahí el actual [casi] inútil miedo a las arañas que Sell mencionaba [Aaron Sell fue biólogo en la Universidad de California]. “La mente humana tiene apetito por la violencia porque hay una gran cantidad de información importante pero difícilmente disponible en estas luchas” dice Sell sobre los adolescentes prehistóricos. “Esto es particularmente cierto para los chicos que necesitan aprender habilidades de combate. Obviamente practicarlas en su vertiente menos controlada es altamente peligroso. De esta forma podemos observar las acciones de otros y aprender de manera indirecta”.
Anteriormente Weaber explicó que los chicos jóvenes parecen ser los más interesados en contenidos violentos, y en este caso Sell está de acuerdo. “Los chicos, de hecho, practican la agresión con extrema frecuencia” afirma. “Los adultos normalmente intentarán eliminar aspectos clave de la violencia en estos contenidos, por ello los deportes a menudo no se parecen mucho al combate, pero si se observan las habilidades implicadas todavía reglamentan esencialmente la coordinación mano-ojo, la velocidad al correr, la precisión al disparar, la fuerza y la destreza del arma utilizada (como en el tenis), la habilidad para evadir a otros, etc.” Todas ellas eran habilidades necesarias para sobrevivir en el mundo antiguo.
En 2007 el lingüista Steven Pinker impartió una conferencia en la que presentó evidencia de [varios] arqueólogos que sugería algo opuesto a la visión contemporánea que tenemos de la antigüedad. Señalaba que nuestros ancestros nómadas eran en realidad mucho más violentos y homicidas de lo que nosotros somos en la actualidad. Los estudios de tribus cazadoras-recolectoras actuales (que viven de forma similar a la de nuestros antepasados antes del surgimiento de la civilización) muestran que la probabilidad de que un varón muriera a manos de otro varón podía ir desde el 15% hasta el 60% en algunas partes del mundo. En comparación, durante el siglo XX en el mundo desarrollado la probabilidad era apenas del 1%, y eso incluye las muertes ocurridas durante las dos guerras mundiales.
Lo que todo esto nos indica es que nuestros antepasados vivían probablemente en un mundo muy violento lleno de guerras y asesinatos. Los niños que crecían con un deseo de practicar el combate y se preparaban mentalmente para los inevitables choques violentos contaban con una gran ventaja para la supervivencia. Lo interesante de esta teoría es lo específica que puede ser para el fenómeno de la violencia en los medios de comunicación. Explica con elegante simplicidad por qué la mayoría de las personas detestan la violencia en el mundo real pero constantemente consumen su falsa versión. Incluso llega a explicar por qué este efecto se concentra durante la adolescencia.
Curiosamente hice referencia a estadísticas similares sobre la violencia en las sociedades pre-estatales en un comentario anterior, aunque eran ligeramente diferentes.
La teoría expuesta en este artículo todavía deja muchas dudas por despejar, como por ejemplo por qué nos entusiasma de igual manera (o incluso más) la violencia menos realista (probablemente existe una valoración estética añadida), cómo afecta a las mujeres esta dinámica, etc. De cualquier forma, considero que se trata de un interesante punto de partida para explorar la contradicción entre nuestro gusto por la violencia en el entretenimiento y el rechazo que nos supone en la vida real.
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